El Robot Salvaje (The Wild Robot 2024), a través de una narrativa aparentemente simple sobre la coexistencia entre tecnología y naturaleza, proyecta inadvertidamente una imagen compleja de poder y dominación. Roz, el robot protagonista, «asiste» a los animales de la isla con sus conocimientos avanzados: construye refugios, les enseña su lenguaje y soluciona sus problemas. Sin embargo, estas intervenciones guardan un paralelismo con las misiones coloniales históricas que, bajo el pretexto de la «civilización», generaron dependencia en las comunidades y erosionaron sus identidades.
El eje de la crítica radica en lo siguiente: Roz, al igual que las potencias extranjeras, impone soluciones desde una perspectiva egocéntrica, sin una comprensión genuina de la cultura local. Los animales terminan dependiendo de ella, y su sistema de vida tradicional se deteriora. Incluso el desenlace de la película —su partida de la isla tras cumplir su «misión»— evoca la retirada de los colonizadores tras haber extraído los recursos disponibles. La narrativa parece insinuar que la tecnología superior solo funciona como un paliativo temporal, nunca como un fundamento para una colaboración verdaderamente equitativa.
Esta animación nos confronta con una pregunta incómoda: ¿los recientes avances tecnológicos, entre ellos la inteligencia artificial (IA), representan un verdadero progreso o simplemente repiten, bajo nuevos ropajes, los patrones históricos de dominación?