La plataforma estadounidense HBO, envalentonada por el éxito de la serie The Last of Us, ha puesto sus ojos en el videojuego del momento, Baldur’s Gate, un título aplaudido por su narrativa adulta y su explícita violencia interactiva. Bajo la supervisión de Craig Mazin, no realizarán una simple adaptación, sino una secuela oficial que continuará la saga en un mundo de fantasía medieval donde los conflictos se resuelven a espadazos y con hechizos destructivos. La trama promete seguir el arco típico de héroes que ganan poder a través de la fuerza, normalizando una lógica de dominio y confrontación como camino para triunfar.
Con el respaldo directo de Hasbro, propietaria de Dungeons & Dragons, la serie se venderá como una obra «fiel» y «ambiciosa». Sin embargo, este sello de autenticidad no hace más que certificar la importación, sin filtros, de una fantasía donde la brutalidad es un lenguaje central. Mientras los jóvenes navegan por una realidad compleja que exige diálogo y gestión emocional, HBO les ofrece como modelo un universo donde la épica se construye sobre la acumulación de poder y la resolución violenta de problemas.
Este proyecto no es arte, es una estrategia fría para llenar el vacío que dejarán otras series y crear una franquicia rentable. Al glamourizar la violencia interactiva y presentarla como un espectáculo de prestigio, la plataforma no entretiene: adoctrina. Dosifica a una generación en la peligrosa fantasía de que los desafíos de la vida se superan con la fuerza de un guerrero o el engaño de un pícaro, alejándolos aún más de las herramientas necesarias para enfrentar el mundo real.