Este análisis, realizado bajo el marco de “Con Otros Ojos”, examina la secuela cinematográfica Joker: Folie à Deux (2024). A diferencia de su antecesora, la película ha recibido críticas generalizadas y ha sido catalogada como un fracaso en términos de taquilla. Sin embargo, su relevancia cultural y narrativa justifica un análisis profundo de los conceptos fundamentales que la estructuran, así como de su aportación a la evolución del universo simbólico y psicológico del personaje.
Joker 2024: Cuando la locura devora a su creador y desata el caos global
Análisis de la película
La peligrosa premisa: Todos llevamos dentro un Joker oculto
En primer lugar, resulta llamativo el astuto título elegido para esta secuela: Joker: Folie à Deux. Este término, de origen francés, se refiere a un trastorno psiquiátrico en el que dos personas comparten el mismo delirio o síntomas psicóticos. Superficialmente, esta elección parece indicar que la película se enfoca en la relación turbulenta entre Arthur Fleck y Harley Quinn, explorando su conexión psicológica y su locura compartida, mientras retrata su caída conjunta hacia la fantasía y el caos. Sin embargo, en un nivel más profundo, busca resaltar un impulso latente y universal presente en la condición humana: la fascinación por el anarquismo como forma de rebeldía y desorden.
Este planteamiento sugiere que, en el fondo, todos llevamos dentro un Joker oculto: una faceta anárquica y violenta, pero a la vez fascinante. La narrativa no solo explora la dualidad entre civilización e instinto, sino que también destaca cómo esa locura compartida, atraída secretamente por el caos, podría ser liberada. Por ello, a lo largo de la película, se refleja una dualidad en el carácter del Joker: por un lado, la lógica gris de un hombre atormentado por el sufrimiento mental, y por otro, el lado violento, rebelde y anárquico, pero carismático y valiente, que ha dado pie al surgimiento de la ideología del «jokerismo».
Este lado oscuro del Joker se muestra como un personaje ingenioso y atractivo que, impulsado por su fantasía y psicosis, crea una historia llena de romanticismo y audacia junto a su amante, desafía las normas, impone su propia justicia y reta a las autoridades e, incluso, se reta a sí mismo. Este Joker eclipsa por completo a Arthur Fleck, convirtiéndose en una identidad dominante. Así, al destacar el otro yo del protagonista, se le retrata como un ser íntegro, “perfecto”, y cada vez más querido por la sociedad. A lo largo de todo este proceso, se busca que el espectador se vea reflejado e, incluso, se identifique con el Joker.
El Joker, presentado como un símbolo único y poderoso
En la primera entrega, se presentó al personaje anárquico del Joker, cuyas acciones violentas fueron justificadas a través de un discurso de victimización. Sin embargo, en esta segunda parte, el enfoque se amplía: el Joker trasciende a Arthur, convirtiéndose en un símbolo único y poderoso. En una escena clave, su abogada le revela que sus seguidores no lo quieren a él, sino al Joker, marcando la división definitiva entre el hombre y el ícono que ha creado.
Como se mencionó en análisis anteriores, tras el estreno de Joker (2019), el personaje se convirtió en varios países —especialmente críticos con la política exterior de EE.UU.— en un símbolo global de anarquía y rebeldía contra el sistema establecido. Se podría argumentar que Hollywood produjo esta secuela para consolidar y promover la ideología del «jokerismo» como un movimiento social influyente a nivel global, propagándolo incluso en naciones con posturas opositoras. La película, además, sugiere que el Joker no se limita a un momento o individuo, sino que posee una cualidad casi genética capaz de transmitirse entre generaciones.
Como si fuera poco, en esta segunda entrega el Joker se muestra como la «fantasía» intocable de sus seguidores, no solo entre los oprimidos, sino también entre figuras de élite como Harleen Quinzel (interpretada por Lady Gaga). La narrativa plantea una pregunta crucial: ¿qué sucede si alguien intenta apartarse de este movimiento? La respuesta es contundente: será eliminado, como le ocurrió a Arthur. Esto simboliza que el Joker anárquico ha trascendido a su creador, transformándose en un símbolo eterno, aunque caótico. Y quienes rechacen esta ideología también serán descartados, sin importar su historia previa. De hecho, la cinta parece estructurarse para desestabilizar la racionalidad del espectador, generando emociones intensas que dominen su percepción.
Otra vez, ¡la normalización de la monstruosidad!
Otro elemento que vale la pena destacar en esta película es su enfoque por eliminar el temor social hacia lo considerado monstruoso. En la narrativa, un juez aparece en televisión afirmando que el Joker, a diferencia de lo que el público cree, es un ser monstruoso que actuaba con plena conciencia de sus actos. Esta postura, no obstante, es rechazada por los demás personajes, quienes insisten en deconstruir este prejuicio absoluto. Este planteamiento se alinea con producciones contemporáneas como Nimona o Wild Robot, donde también se cuestiona la visión negativa hacia seres catalogados como «monstruos» por la sociedad, insistiendo en que la maldad absoluta puede ser relativizada o absuelta.
Esto conduce a una reflexión más amplia: ¿quiénes son en realidad estos «monstruos»? Y, más importante aún, ¿por qué la industria cinematográfica se esfuerza constantemente en dotar de cualidades tiernas o entrañables a figuras tradicionalmente malvadas, alejándolas de su posible percepción como seres monstruosos?
Reflexiones finales
Para concluir el análisis, se plantean las siguientes interrogantes: ¿cuál considera que es el enfoque central de esta segunda parte de Joker? ¿Es el «jokerismo» una ideología impulsada por ciertos grupos de poder como un mecanismo para canalizar el anarquismo y la rebeldía? O, por el contrario, ¿podría el jokerismo ser interpretado como un fenómeno emergente que fomenta el desorden social en países con fuerte resistencia a estructuras de poder percibidas como arrogantes, como en algunos casos de América Latina?
